Bien, me acabo de dar cuenta que ando con un sólo calcetín, el otro pie, el descalzo, está frío, en pelotas (¿un pie puede estar en pelotas?), enrollándose, encogiéndose, haciendo ruidos en el cumbrecama. Me di cuenta de eso y que me quiero fumar otro cigarro. De hecho ya lo prendí. Hoy es miercoles, mañana es jueves, pasado viernes, pasado pasado, sábado, y pasado pasado pasado, domingo. Ah, y el lunes de yapa que nos da el calendario. Debiera ver alguna película. Hace un rato terminé de ver Persepolis, y bien dicho que había que verla. Tanto tiempo que estuvo ahí, encarpeteada.
No sé, hoy se me ocurrió que podría ser el séptimo beatle (son cuatro, más Empstein, más Martin, y parece que no hay más, o parece que sí), o el octavo si es que alguien se me adelantó. O el noveno, o el décimo. Como el profesor rossa, quiero darme un lujo. Estoy en todo mi derecho (que justamente es mi pie descalzo).
No tengo música puesta y el crujir del tejado es protagonista de los ruidos actuales, esa ventana abierta es la que se lleva la húmedad que pueda quedar ahora en el ambiente. A la izquierda mi taza humea un té verde recién servido. Yo lo miro de reojo y me invito al primer sorbo. Rico.
He visto películas extrañas últimamente. Me atrevería a decir que son las más extrañas que he visto hasta ahora. Anoche, si bien estaba trasnochado del viernes, me quedé viendo películas hasta cerca de las cuatro de la mañana. Y luego música, y escribir un relato, y un orden mental para un domingo que no quiso empezar como quería: parece que me resfrío. El premio al esfuerzo...
Volviendo al cine, no sé, las cosas extrañas, los diálogos absurdos, las escenas un poco retorcidas, dobladas, tendidas, me dan valentía para publicar algunos relatos que creí incomprensibles. Y aunque de verdad lo sean, ¡qué diablos! Es decir, el otro día vi a un viejito grabando sonidos en la micro, y otro a un tipo descalzo que pisoteaba charcos de agua una noche post lluvia. O sea, si la vida resulta así de extraña a veces, hay que darle de comer con más extrañezas sin aliñar. Aparte de letras regadas, yo invito al té. Es mi palabra.
Te dices, Dios, a veces cuesta tanto mantener la felicidad, y qué fácil resulta perderla. Y en la obviedad de tantas frases como esa, no te queda más que afirmar tus convicciones, apagar el cigarro, y volver a entrar en el mundo que te queda. Al camino que has trazado. A tus cosas, a tu cama, a tus películas. A tus formas que tanto se cuestionan. A tu pasado, a tu presente... incluso al futuro del que tan poco quieres reflexionar, pero que debes. Y los fantasmas a modo de relatos. Las llamas que viven en tu cabeza. Y esas noches en vela donde no puedes dejar de ver un programa de mierda, escuchar una canción profunda, o escribir hasta que se te caigan los ojos.
Si hay algo que me da risa es decir que algo me da risa. Decirlo. Mencionarlo. Y darme cuenta de eso, como si fuera poco, me da más risa todavía. Es como cuando digo que estoy contento. El sólo hecho de decirlo ya le suma felicidad al momento. Y escribirlo, puf... ¡una locura!. Lo único que no he experimentado es decir que estoy contento cuando no lo estoy. Para ver si hay algún cambio positivo, digo. Sería la papa. Aunque, claro, en el fondo me da miedo que la palabra no sea tan potente como pensaba; quedarme con la idea de recurrir a ella como mero destacador, de esos verde fosforescentes.
Nada que ver con hoy, pero de pronto una de esas romperé con la línea, por puras ganas de joder no más.